El desgaste de los métodos y la aparición de los “impuros”

Por Paulino Rodriguez

El presidente Kirchner empezó a transitar la sinuosidad del desgaste del poder. La institucionalidad tambalea al ritmo del creciente desgaste de los métodos del presidente. Sin reformas estructurales, sin matrices que valgan una distinción clara en políticas de Estado y sin reforma política aplicada, ya nada es como era antes en el país de Néstor y Cristina. Los que ahora se animan, intuyen el desgaste y el recambio en la argentina que viene.

Los que aún no saben como enfrentarlo empiezan a ver alternativas y lo discuten internamente en cualquier estructura u organización de la que se hable. Mientras tanto, los que estaban irremediablemente cerca, hoy están “junto a”, pero no más “debajo de”. En ese lote se encolumnan Hugo Moyano –líder de la CGT-, los intendentes peronistas del Gran Buenos Aires, gobernadores que nunca tuvieron un respaldo pleno de la Rosada -y hasta incluso oposición- como Jorge Busti, José Manuel De La Sota o el propio Jefe de Gobierno porteño Jorge Telerman. Ya empieza a notarse la impronta de los puros y lo impuros, dentro del esquema de poder de Kirchner.

Sergio Urribarri ganó en Entre Ríos sin el respaldo oficial. Sólo Graciela Ocaña, que logró que un ex ARI como Zacarías conforme las listas del Bustismo provincial, fue de visita a avalar al candidato peronista de la provincia. El resto se volcó a Julio Solanas o al propio transversal de Emilio Martínez Garbino que no alcanzó el 9% de los votos. Es un ejemplo del kirchnerismo no puro que empieza a imperar con mayor fortaleza. De La Sota , si logra imponer a Schiaretti como su sucesor será otro ejemplo, con medio gabinete volcado a la candidatura de Luis Juez. Telerman lo mismo y Hermes Binner en Santa Fé también. Aunque ambos, que tienen acuerdos con Carrió, públicamente digan que acompañan al presidente y hasta que lo votarán en las próximas elecciones.

Kirchner sabe que la argentina que le espera para los próximos 4 años no será ni parecida a la que heredó fruto de la crisis y el estallido del 2001. El crecimiento económico mermará; el ajuste lógico de precios relativos de la economía llegará por el propio peso que siempre impone la realidad a los gritos de algún funcionario trasnochado que cree que los precios se arreglan con aprietes y voluntarismos; la crisis energética impondrá sus condiciones y por tanto, la política empezará a tener sus restricciones. De ahora en más, la opción entre dificultades que la política implica, pagará sus costos. Y como siempre, las facturas acumuladas surtirán sus efectos.

Esto es, la herencia para el segundo mandato de los Kirchner –ninguna encuesta los dá por debajo del 45% de los votos y salvo una crisis o estallido esto se mantendrá-, será la de los propios Kirchner. Y allí no habrá ya pasado a invocar, que elimine responsabilidad del presente y haga creíble un futuro jamás dimensionado. En cualquier caso, lo que ayer fue remedio, mañana será enfermedad, una enfermedad difícil de curar con recetas extinguidas y un poder desgastado por la propia naturaleza del tiempo transcurrido. Aunque es cierto, tampoco imposible, pero para eso será necesario cambiar.

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