No tenían balas

Por Alejandro Cancelare

Mucho se ha dicho y escrito sobre el poder territorial de los intendentes. Pero su actual genuflexión ante el poder central y sus altísimas limitaciones para imponer una agenda novedosa en materia administrativa remarcaron su similitud con el protagonista del Rey está desnudo.

Salvo rarísimas excepciones, en el conurbano la mayoría los intendentes se rindieron ante el primer amago del presidente Kirchner de avanzar sobre sus distritos con listas y candidatos alternativos.
El sistema distributivo de la renta nacional transforma a las comunas en el eslabón más débil de la cadena estatal, y muchas veces las malas administraciones deben disimular sus defectos en la plata que bajo el pretexto de obras reciben. Es el costo que deciden pagar para no dejar de pertenecer, aunque se olviden de opinar y hacer política, que fue lo que los llevó a estar donde están. ¿Un soborno?… A veces se asemeja bastante.

Desde el primer día de su gestión Néstor Kirchner trazó una clara divisoria: para los amigos, todos; para los que no lo son, nada. Y esto lo entendieron rápidamente los caciques que en el conurbano están acostumbrados a la supervivencia antes que a la política.

No en vano aparecieron menemistas y duhaldistas reciclados en kirchneristas de pura cepa o radicales, que bajo el supuesto de ser gobernantes, no hicieron otra cosa que traicionar la historia de su partido, aunque algunos se les venían adelantando pactando, con el duhaldismo.
En un rápido golpe de vista se puede detectar como el presidente privilegió el diálogo y la subordinación con los intendentes que la construcción de un discurso creíble. Y hoy a nadie le puede asombrar cómo su figura se codea y fotografía con impresentables ortodoxos al igual que con las Madres de Plaza de Mayo.

En ese concepto del todo vale, no dudó en dar ejemplos: le dio miles de millones de recursos a distritos como San Isidro, Vicente López, Tres de Febrero, Merlo o José C. Paz pero dejó sin una sola obra a General San Martín, que era del ARI, o, en el otro extremo, a Escobar, conducido por el pattismo.

Y para muestra basta un botón: recién llegaron las obras a San Martín en el momento que Ricardo Ivoskus se volvió vecinalista.

Salvando las situaciones y los matices adoptados por el propio Ivoskus, Martín Sabbatella, con el vecinalismo en Morón u Osvaldo Amieiro del PJ en San Fernando, el resto mas temprano que tarde se empachó de kirchnerismo, demostrando que la fortaleza que promocionaban en sus discursos se caía con solo desembarcar con algo diferente.

De aquellos varoneces capaces de boltear gobiernos a través de la promoción de saqueos ahora sólo quedan obedientes empleados sin posibilidades de una mínima discusión.
Sin embargo, la mayoría tiene una ventaja a la hora de pelear por su permanencia: la escasa capacidad de armado que demostró el kirchnerismo, producto que su jefe reniega de cualquier estructura y prefiere la anarquía debajo de él.

En ese marco, los jefes comunales no tienen enfrente referentes capaces de mantenerse lejos del poder, ser claros en sus fines políticos y no dejarse doblegar ante la primera tentación. En otros casos, tienen la ventaja que en la otra vereda solo tuvieron políticos marginales a los que tuvo que recurrir el kirchnerismo para hacer pie en la provincia hace dos años.

Con ellos poco o nada se puede construir, Kirchner lo sabía desde un principio. Lo lamentable es que todo sea un acto más de maquiavellismo: cambiar algo para que nada cambie.

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