Editorial especial: La Justicia Social

En nuestros días, en que cualquier cacatúa sueña con la pinta de Carlos Gardel y cree que hacer política es solo tener un asesoramiento de imagen y marketing, que hay que consultar la «agenda pública» o sea, lo que dicen los medios de comunicación y hablar de eso temas, o hacerlo en términos propios de las ciencias sociales, creemos que aparece mucho barullo de palabras pero pocas efectividades conducentes, como decía Hipólito Yrigoyen.

En esta situación es bueno que aclarar algunos aspectos, sin necesidad de echarle agua a la leche. La conducción de una acción política –máxima experiencia de esta disciplina- se puede hacer cuando se ha comprehendido la realidad sobre la que se piensa actuar. Eso quiere decir, literalmente, que tenemos aferrada esa realidad y por eso sabemos de lo que se trata.

Cuando hoy se habla de los problemas de nuestro país, provincia o municipio tenemos que hacer el esfuerzo de ver cuál es la madre que parió todos los problemas que aparecen. Y en ese camino encontramos que cuando se dice que la economía crece se trata de que a algunos les toca mucho, a otros les toca un poco y a muchos les tocan la cola. Esto es lo que nos habilita a volver a hablar de Justicia Social.

Esto se podrá leer y pensar: ya salieron con el bombo… eso ya fue, y aunque estoy muy orgulloso de ese símbolo, no se trata de un hecho de nostalgia. Veamos.

Tratando de pensar políticamente la realidad, se puede partir de una visión estática donde se afirma: esto que tenemos es lo que hay y lo importante es administrar lo mejor que se pueda. Una de las consecuencias más claras de esta forma de concebir la realidad política la podemos observa con la utilización del nombre «cartonero».

En otro tiempo, el pobre era exactamente eso, pobre. Pero sus expectativas y esperanzas eran dejar de serlo, sino el adulto al menos los hijos. Y el Gran Buenos Aires está plagado de ejemplos de trabajadores –muchas veces migrantes del interior- que trabajando los sábados y domingos, con la ayuda solidaria de vecinos y parientes, se levantó la casa y cuando en el asadito final, levantó la copa para brindar podía mostrarle a sus hijos que eso que estaba ahí era su obra. Con el tiempo salieron de esa casa profesionales, maestras, hombres y mujeres que eran el testimonio vivo que se podía.

Hoy la pobreza se ha transformado en marginalidad y la condición social de marginal se la ha «profesionalizado». El lenguaje revela mucho más de lo que comúnmente pensamos: el sufijo «eros» presente en cartonero, villero, indica profesión, como cuando decimos panadero, carnicero, de allí que podamos deducir que esta visión estática de la realidad busca paliar la pobreza, disminuir la tensión social y las consecuencias de ello son la existencia de un tren blanco, la normativa del tamaño de los carritos, que los camiones que llevan a los mismos no necesiten cumplir ninguna de los requisitos de un transporte seguro y «normal», que haya guarderías para dejar a los chicos… Pero ¡minga de resolver el problema real! De eso se trata –y no del bombito- reclamar justicia social, de reintegrar a esa gente a una sociedad que les abre la posibilidad de ascenso social, de mejor calidad de vida, de mayor dignidad. Que puedan mostrarles a sus hijos su obra.

Qué… ¿por qué no se hace? Los neoliberales dicen que pobres hubo siempre y siempre habrá, pero que su condición puede mejorar, solo es cuestión de tiempo. La riqueza que se genera por arriba es tan grande que se va derramando y con el tiempo llegará hasta los de abajo. Los pillos no dirán nada, pero les darán un par de planes sociales que generen dependencia clientelar, o peor aun, mantendrán el pobrerío que les sirve de pantalla para ocultar su negocio de narcotráfico.

Partiendo de esta enseñanza magnífica de Evita, de que donde hay una necesidad hay un derecho, encontramos que en Argentina hay muchas necesidades y es eso lo que nos indica que hay injusticia social. Si alguien cree que exagero, que recorra las estaciones y plazas con cada vez más gente durmiendo en ellas, que vean los subterráneos de Buenos Aires o los trenes suburbanos con cada vez más pibes vendiendo o que le pregunte al INDEC que quiere decir que el 45% de la población económicamente activa gana menos de mil pesos, que se pregunte porque se consume «paco», se caen los techos o falta gas en las escuelas… Pero seamos justos –al menos nosotros- no es pura responsabilidad de un Gobierno, lo que a este le corresponde es establecer las políticas que permitan un desarrollo sustentable, pero también convocar al capital y al trabajo para establecer un pacto social que permita desarrollar esas políticas, porque de nada sirve la ley si luego el empresario paga salarios en negro o burla los convenios colectivos.

Allí empieza la cosa. Pero hay que tener en claro que Justicia Social no es solo redistribución de la riqueza: también es mejor salud, mejor educación, cobertura social a los ancianos y fundamentalmente, la posibilidad de construir a partir de un trabajo digno una vida sin necesidades, poder acompañar el crecimiento de los hijos y gozar del tiempo libre. Recuperar la posibilidad de creer y ser feliz, y eso no es utopía porque sabemos que una vez se hizo…

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