Tecnología y gobernabilidad: una mirada al futuro

Por Rodolfo Stanislav

Es indiscutible que la tecnología, sobre todo la informática, llegó para quedarse, ejemplos sobran; un ciudadano común dejó de quejarse de las largas filas en los bancos para quejarse de las largas filas en los cajeros automáticos, siempre y cuando estos tengan dinero o bien no se les haya “caído el sistema”, ahora bien, esta perspectiva cotidiana no solo cambia aspectos que hacen a la actividad financiera y económica únicamente.

Podríamos pensar entonces en otros ejemplos que hacen al día a día, desde un lector laser que nos indica un precio en un supermercado hasta innumerables formas de pago con algún plástico obsequiado oportunamente por alguna entidad bancaria, o bien centros de servicios digitales a través de nuestro infaltable teléfono celular que dicho sea de paso, nadie sabe, excepto nuestros hijos mayores de cinco años, manejar a la perfección… porque no avanzar entonces un paso más y pensar en nueva relación entre el gobernante y el gobernado en forma digital.

Seguramente estaremos lejos aún de una práctica de ese tipo pero debemos analizar seriamente que de la misma manera que las nuevas tecnologías se encuentran en pleno desarrollo en nuestras tareas habituales y si tenemos en cuenta que el ejercicio democrático es una práctica fundamental de todo sistema político que se precie de tal, deberíamos comenzar entonces por lo menos a incluir en forma lenta en nuestra agenda que podría plantearse un mayor acercamiento entre el gobierno y los ciudadanos a través de nuevas tecnologías, esto que puede parecer lejano ya tiene algunos ejemplos en nuestro país y en algunas ciudades específicamente, podríamos citar el voto electrónico como herramienta tecnológico democrática, o porque no, algunas expresiones del denominado gobierno electrónico o ciudades digitales en desarrollo actualmente.

Está claro que para quienes no nacimos con un teclado debajo del brazo que el párrafo anterior puede surtir un efecto que oscile entre la falta de interés y el asombro… también deberíamos analizar que las nuevas tecnologías tienen la capacidad de aportar un valor agregado cuando son bien utilizadas, por tanto, gobierno electrónico no significa ver algún candidato por internet y ciudad digital no significa instalar computadoras en cada rincón inhóspito de la ciudad, todo lo contrario, este tipo de herramientas tienen como factor fundamental para su éxito el uso y aplicación racional de las mencionadas tecnologías a favor de algunos objetivos no menores, tal es el caso de la transparencia, si una administración pusiera a disposición del público a través de su página web todos los actos económicos y de contrataciones que realiza, generar mejores sistemas de gestión recibiendo quejas, reclamos y sugerencias por el mismo medio, brindar nuevos servicios o bien realizar pagos de tasas o imprimir facturas desde la comodidad del hogar, generar además un vínculo entre los actores políticos y los vecinos, no con fines electorales sino como medio de comunicación efectiva poniendo a su alcance toda información que sirva al ciudadano y retroalimentando la misma.

Lo anteriormente mencionado nos lleva necesariamente a una encrucijada que se plantea sobre todo en nuestras ciudades, en donde la desigualdad social genera la denominada brecha digital o, dicho de otra forma, que no todos pueden acceder a la tecnología necesaria para cumplir con los objetivos planteados, y como contracara de esta realidad la proliferación de cibercafés ha tenido un crecimiento exponencial en los últimos años ya que son utilizados por los sectores con menos recursos pero que paradójicamente participan activamente de este modelo incipiente de ciudad digital, en otras palabras, el desarrollo tecnológico de los últimos diez años ha sido aplicado al desarrollo de herramientas y sistemas que aporten a una mejor calidad de vida, aunque algunos expertos en el tema creen que son los generadores de una mayor inequidad, por lo que no debemos descartar que a través de las mismas podamos obtener una mayor calidad democrática, no como forma de reemplazo de lo existente sino como aporte al mejoramiento del vínculo entre el gobierno y los ciudadanos.

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