Gobernabilidad y corrupción

Es común en nuestros días hablar de «gobernabilidad» para mencionar el poder de conducción que tiene un Gobierno, pero no siempre fue así. Para rastrear el origen del término hay que remontarse al francés del siglo XIII, donde «gouvernance» era equivalente a «gobierno» o sea, arte y manera de gobernar; pasa luego al inglés en el siglo XIV como «governance» con la misma significación y caerá en desuso hasta ochenta, en que el término es incorporado al discurso del Banco Mundial y retomado por otras agencias de cooperación, el Fondo Monetario Internacional y el PNUD.

El objetivo de su incorporación es más político que académico, ya que estos organismos carecen estatutariamente de toda competencia para intervenir en cuestiones de política interna de las naciones, pero nadie ignora la ingerencia que tuvieron y siguen teniendo en las reestructuraciones que se requieren para crear el marco donde los mercados funcionen adecuadamente en un mundo económicamente globalizado.

Por su parte, el término «corrupción» en castellano nombra la acción de alterar y trastocar la forma de alguna cosa, apareciendo en una de las acepciones el elemento de la perversidad, lo cual indica que el agente corruptor oculta sus intenciones y busca no aparecer como sujeto de la acción corruptora.

¿Qué quiere decir que la corrupción afecta la gobernabilidad? Buscando la respuesta sin distinguir una instancia particular de gobierno (nacional, provincial o municipal), sería un error que nos circunscribiéramos a la moralidad de los funcionarios. Ante todo debemos enfrentar el hecho que se trata de un proceso dentro del sistema político, por lo tanto debemos concebirlo en los términos que hacen a su raíz política.

En nuestros días ya no se trata de aquel roba… pero hace, sino de la adopción, de la peor manera, de la apetencia del mercado: el lucro personal. Allí desaparece la distinción entre lo público y lo privado, como revuelto gramajo, todo se mezcla hasta llegar al justificativo «ideológico» del robo para la corona, por demás falso. Cuando los ingleses se robaron el tesoro de Buenos Aires en su primer invasión (1806) lo concebían como botín de guerra, dentro de la confrontación que llevaban en Europa y tenían, incluso, ciertas reglas de cómo se hacía el reparto (por ejemplo, el rey no recibió su parte por no haber sido quien decidiera la invasión).

Hoy se trata de una concepción de la política que implica un manejo discrecional de «la caja» que al igual que con las gárgaras, no se puede hacerlo sin tragar un poquito. Así la política va cambiando de sentido. Los cargos dejan de ser ocupados por los servidores públicos y pasan a estar en manos de aquellos que se sirven de lo público, porque no hay «misión» que cumplir sino la perdurabilidad de un conchavo, y muchas veces la pérdida de esa posición garantiza viajes a los tribunales. Como la «mística» se transforma en la mástica, se pierde a los compañeros para quedarse solo con empleados.

Alguien podría pensar que estas líneas son fruto de un pensamiento ingenuo, de alguien bien inspirado, pero que no entiende. Muy por el contrario, son fruto de la observación de la realidad y la reflexión sobre la historia -como enseñaba Maquiavelo- lo cual muestra que no hay política sin proyecto -bueno, malo o más o menos- pero jamás la durabilidad en los cargos, el acomodo, el retorno. Quizás el ejemplo más claro sea aquel «renuncio a los honores pero no a la lucha» que sentenciara Evita.

Es precisamente la existencia de un proyecto lo que determina una misión, desde la cual se puede elaborar una planificación respecto de cómo realizarla y explicarla.

Pero nadie llega a un cargo público sin un discurso que busque persuadir sobre las propias posibilidades de realización de altos objetivos, por eso, cuando quien así habla corrompe la palabra por medio de la mentira está corrompiendo la realidad misma, por medio de la manipulación de las expectativas y esperanzas de un pueblo o parte del mismo. En eso se centra la perversidad.

Ese es políticamente hablando el inicio de la corrupción del sistema político, porque es la condición de posibilidad de todo los actos corruptos de quien está en la gestión de gobierno y ello, no se soluciona por medio del Poder Judicial -aunque si debe actuar- sino con más política por parte de los ciudadanos, para que los cargos de conducción no caigan en manos de quienes solo buscan llevar adelante un proyecto personal.

¿Por qué hay corruptos? Porque los argentinos hemos asumido que con la corrupción se convive, tampoco es taaan… y así en un alegre proceso de banalización dejamos de reconocer los pequeños actos de corrupción de la vida cotidiana -esencialmente iguales que los grandes- como tratar de coimear al policía que levanta una infracción, colocar algo que tape parte de los números de la chapa del automóvil para que no lo puedan fotografiar cuando está mal estacionado, colgarse de la televisión por cable, etc. Claro está que visto de la individualidad aparece, por su dimensión, imposible de resolver, desde el juzgamiento de la moralidad de los funcionarios puede creerse que hace falta mano dura, pero solo puede atacarse la naturaleza misma de la corrupción cuando se va a su condición de posibilidad, por eso el único remedio es la política.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: